Discurso del Papa Benedicto XVI al mundo de la política, la empresa y la cultura de Croacia

Discurso que Benedicto XVI pronunció en el Teatro nacional
croata de Zagreb, en la tarde de este sábado, en el encuentro con
exponentes de la sociedad civil, del mundo político, académico,
cultural y empresarial, con el cuerpo diplomático, y con los líderes
religiosos.

Zagreb, sábado 4 de junio de 2011.

Señor presidente,
señores cardenales,
ilustres señores y señoras,
queridos hermanos y hermanas:

Me alegra mucho entrar en lo vivo de mi visita encontrándome con
ustedes, que representan ámbitos cualificados de la sociedad croata y al
Cuerpo Diplomático. Mi cordial saludo se dirige personalmente a cada uno
y también a las entidades vitales a las que pertenecen: a las comunidades
religiosas, a las instituciones políticas, científicas y culturales, a los
sectores artísticos, económicos y deportivos. Doy cordialmente las gracias
a monseñor Puljic y al profesor Zurak por las amables palabras que me
han dirigido, así como a los músicos que me han acogido con el lenguaje
universal de la música. La dimensión de la universalidad, característica
del arte y de la cultura, es particularmente connatural al cristianismo y a
la Iglesia católica. Cristo es plenamente hombre, y todo lo que es humano
encuentra en Él y en su Palabra plenitud de vida y significado.

Este espléndido teatro es un lugar simbólico, que manifiesta vuestra
identidad nacional y cultural. Poder encontraros aquí a todos juntos es otro
motivo de alegría del espíritu, porque la Iglesia es un misterio de comunión
y se alegra siempre de la comunión, en la riqueza de la diversidad. La
participación de los representantes de otras Iglesias y Comunidades
cristianas, así como también de la religión judía y musulmana, contribuye
a recordar que la religión no es una realidad separada de la sociedad, sino
un componente suyo connatural, que constantemente evoca la dimensión
vertical, la escucha de Dios como condición para la búsqueda del bien
común, de la justicia y de la reconciliación en la verdad. La religión pone al
hombre en relación con Dios, Creador y Padre de todos, y, por tanto, debe

ser un factor de paz. Las religiones deben purificarse siempre según esta
verdadera esencia suya para corresponder a su genuina misión.

Y aquí quisiera introducir el tema central de mi breve reflexión: el de
la conciencia. Éste atraviesa los diferentes campos en los que ustedes están
comprometidos y es fundamental para una sociedad libre y justa, tanto a
nivel nacional como supranacional. Naturalmente, pienso en Europa, a la
que desde siempre Croacia pertenece en el ámbito histórico-cultural y a la
que está por entrar en el político-institucional. Pues bien, hay que
confirmar y desarrollar las grandes conquistas de la edad moderna, es decir,
el reconocimiento y la garantía de la libertad de conciencia, de los derechos
humanos, de la libertad de la ciencia y, por tanto, de una sociedad libre,
manteniendo abiertas, sin embargo, la racionalidad y la libertad en su
fundamento trascendente, para evitar que dichas conquistas se
autodestruyan, como debemos constatar lamentablemente en bastantes
casos. La calidad de la vida social y civil, la calidad de la democracia,
dependen en buena parte de este punto “crítico” que es la conciencia, de
cómo es comprendida y de cuánto se invierte en su formación. Si la
conciencia, según el pensamiento moderno más en boga, se reduce al
ámbito de lo subjetivo, al que se relegan la religión y la moral, la crisis de
occidente no tiene remedio y Europa está destinada a la involución. En
cambio, si la conciencia vuelve a descubrirse como lugar de escucha de la
verdad y del bien, lugar de la responsabilidad ante Dios y los hermanos en
humanidad, que es la fuerza contra cualquier dictadura, entonces hay
esperanza de futuro.

Agradezco al profesor Zurak que haya recordado las raíces cristianas
de numerosas instituciones culturales y científicas de este país, como ha
sucedido también en todo el continente europeo. Es necesario recordar
estos orígenes, además, por fidelidad a la verdad histórica, y es importante
saber leer en profundidad dichas raíces, para que puedan dar ánimo
también al hoy. Es decir, es decisivo percibir el dinamismo que hay en un
acontecimiento, como, por ejemplo, el nacimiento de una universidad, o de
un movimiento artístico o de un hospital. Hay que comprender el porqué y
el cómo de lo que ha sucedido, para apreciar en el hoy dicho dinamismo,
que es una realidad espiritual que llega a ser cultural y por tanto social.
Detrás de todo hay hombres y mujeres, personas, conciencias, movidas por
la fuerza de la verdad y del bien. Se han citado algunos hijos ilustres de
esta tierra. Quisiera detenerme en el Padre Ruder Josip Boškovic, jesuita,
nacido en Dubrovnik hace ahora trescientos años, el 18 de mayo de 1711.
Él encarna muy bien la buena compenetración entre fe y ciencia, que se
estimulan mutuamente para una búsqueda al mismo tiempo abierta,
diversificada y capaz de síntesis. Su obra cumbre, la Theoria philosophiae
naturalis, publicada en Viena, y después en Venecia a mitad del siglo
XVIII, tiene un subtítulo muy significativo: redacta ad unicam legem

virium in natura existentium, es decir, “según la única ley de las fuerzas
existentes en la naturaleza”. En Boškovic encontramos el análisis, el
estudio de las múltiples ramas del saber, pero también la pasión por la
unidad. Y esto es típico de la cultura católica. Por eso mismo, la fundación
de una Universidad Católica en Croacia es signo de esperanza. Deseo que
ella contribuya a crear unidad entre los diversos ámbitos de la cultura
contemporánea, los valores y la identidad de vuestro pueblo, dando
continuidad a la fecunda contribución eclesial a la historia de la noble
nación croata. Volviendo al padre Boškovic, los expertos dicen que su
teoría de la “continuidad”, válida tanto en la ciencias naturales como en la
geometría, concuerda de forma excelente con alguno de los grandes
descubrimientos de la física contemporánea. ¿Qué podemos decir?
Rindamos homenaje al ilustre croato, pero también al auténtico jesuita;
honremos al cultivador de la verdad que sabe bien lo mucho que ésta lo
supera, pero que, a la luz de la verdad, sabe también emplear a fondo los
recursos de la razón que Dios mismo le ha dado.

Pero, además del elogio, es preciso también valorar el método, la
apertura mental de estos grandes hombres. Volvamos, por tanto, a la
conciencia como clave para el desarrollo cultural y la construcción del bien
común. En la formación de las conciencias, la Iglesia ofrece a la sociedad
su contribución más singular y valiosa. Una contribución que comienza
en la familia y que encuentra un apoyo importante en la parroquia, donde
niños y adolescentes, y también los jóvenes, aprenden a profundizar en
la Sagrada Escritura, que es el “gran código” de la cultura europea; y
aprenden al mismo tiempo el sentido de la comunidad fundada en el don,
no en el interés económico o en la ideología, sino en el amor, que es “la
principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de
toda la humanidad” (Caritas in veritate, 1). Esta lógica de la gratuidad,
aprendida en la infancia y la adolescencia, se vive después en otros
ámbitos, en el juego y el deporte, en las relaciones interpersonales, en
el arte, en el servicio voluntario a los pobres y los que sufren, y una vez
asimilada se puede manifestar en los ámbitos más complejos de la política
y la economía, trabajando por una polis que sea acogedora y hospitalaria
y al mismo tiempo no vacía, no falsamente neutra, sino rica de contenidos
humanos, con una fuerte dimensión ética. Aquí es donde los fieles laicos
están llamados a aprovechar generosamente su formación, guiados por
los principios de la Doctrina social de la Iglesia, en favor de una laicidad
auténtica, de la justicia social, la defensa de la vida y la familia, la libertad
religiosa y de educación.

Ilustres amigos, su presencia y tradición cultural croata me han
sugerido estas breves reflexiones. Se las dejo como signo de mi estima y
sobre todo de la voluntad de la Iglesia de caminar con la luz del Evangelio
en medio de este pueblo. Les doy las gracias por su atención y bendigo de
corazón a todos ustedes, a sus seres queridos y sus actividades.

“VERDAD Y LIBERTAD” JOSEPH CARDENAL RATZINGER EN HUMANITAS N.14

El hombre es imagen de Dios precisamente en la medida en que el ser “desde”, “con” y “para” constituye el patrón antropológico fundamental.

En la mente del hombre contemporáneo la libertad se manifiesta en gran medida como el bien absolutamente más elevado, al cual se subordinan todos los demás bienes. Consecuentes con lo anterior, las decisiones de los tribunales atribuyen a la libertad artística y a la libertad de opinión preponderancia por encima de todos los demás valores morales. Los valores que compiten con la libertad o que pueden requerir una restricción de la misma parecen ser trabas o “tabúes”, es decir, restos de prohibiciones y temores arcaicos. Para ser aceptada, la política de los gobiernos debe dar muestras de contribuir al progreso de la libertad. Incluso la religión logra hacer oír su voz únicamente presentándose como fuerza liberadora del hombre y la humanidad. En la escala de valores de la cual el hombre depende para su existencia humana, la libertad aparece como el valor básico y el derecho humano fundamental. En contraste, tendemos a reaccionar suspicazmente ante el concepto de verdad: recordamos que ya se ha recurrido al término “verdad” en muchas opiniones y sistemas, y que la afirmación de la verdad ha sido a menudo un medio para suprimir la libertad. Por otra parte, las ciencias naturales han alimentado el escepticismo en relación con todo aquello que no puede explicarse o demostrarse mediante sus métodos exactos. Todo esto parece en definitiva ser puramente una asignación subjetiva de un valor que no puede aspirar a un carácter universalmente obligatorio. La actitud moderna hacia la verdad se resume en la forma más sucinta en la pregunta de Pilatos: “Qué es la verdad?”. Quienquiera afirme estar al servicio de la verdad con su vida, su palabra y su acción debe estar dispuesto a ser considerado un soñador o un fanático, porque “el mundo del más allá está cerrado a nuestra mirada”. Esta frase del Fausto de Goethe caracteriza nuestra actual sensibilidad común. Indudablemente, la perspectiva de una pasión enteramente segura de sí misma por la verdad sugiere motivos suficientes para preguntar cautelosamente “¿Qué es la verdad?”. Sin embargo, existen motivos igualmente válidos para plantear la interrogante “¿Qué es la libertad?”. ¿Qué queremos realmente decir al exaltar la libertad ubicándola en el pináculo de nuestra escala de valores? A mi modo de ver, el contenido en general asociado por las personas con la exigencia de libertad está explicado muy acertadamente en los términos de un pasaje de Karl Marx en el cual éste expresa su propio sueño de libertad. …

Lee el artículo completo en “VERDAD Y LIBERTAD” JOSEPH CARDENAL RATZINGER

Mensaje de Navidad de Benedicto XVI


Diciembre 25, 2010

Mensaje navideño que dirigió a mediodía Benedicto XVI desde el balcón de la fachada de la Basílica de San Pedro del Vaticano antes de impartir la bendición “Urbi et Orbi”.

Verbum caro factum est” – “El Verbo se hizo carne” (Jn 1,14).

Queridos hermanos y hermanas que me escucháis en Roma y en el mundo entero, os anuncio con gozo el mensaje de la Navidad: Dios se ha hecho hombre, ha venido a habitar entre nosotros. Dios no está lejano: está cerca, más aún, es el “Emmanuel”, el Dios-con-nosotros. No es un desconocido: tiene un rostro, el de Jesús.

Es un mensaje siempre nuevo, siempre sorprendente, porque supera nuestras más audaces esperanzas. Especialmente porque no es sólo un anuncio: es un acontecimiento, un suceso, que testigos fiables han visto, oído y tocado en la persona de Jesús de Nazaret. Al estar con Él, observando lo que hace y escuchando sus palabras, han reconocido en Jesús al Mesías; y, viéndolo resucitado después de haber sido crucificado, han tenido la certeza de que Él, verdadero hombre, era al mismo tiempo verdadero Dios, el Hijo unigénito venido del Padre, lleno de gracia y de verdad (cf. Jn1,14).

“El Verbo se hizo carne”. Ante esta revelación, vuelve a surgir una vez más en nosotros la pregunta: ¿Cómo es posible? El Verbo y la carne son realidades opuestas; ¿cómo puede convertirse la Palabra eterna y omnipotente en un hombre frágil y mortal? No hay más que una respuesta: el Amor. El que ama quiere compartir con el amado, quiere estar unido a él, y la Sagrada Escritura nos presenta precisamente la gran historia del amor de Dios por su pueblo, que culmina en Jesucristo.

En realidad, Dios no cambia: es fiel a sí mismo. El que ha creado el mundo es el mismo que ha llamado a Abraham y que ha revelado el propio Nombre a Moisés: Yo soy el que soy… el Dios de Abraham, Isaac y Jacob… Dios misericordioso y piadoso, rico en amor y fidelidad (cf. Ex 3,14-15; 34,6). Dios no cambia, desde siempre y por siempre es Amor. Es en sí mismo comunión, unidad en la Trinidad, y cada una de sus obras y palabras tienden a la comunión. La encarnación es la cumbre de la creación. Cuando, por la voluntad del Padre y la acción del Espíritu Santo, se formó en el regazo de María Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, la creación alcanzó su cima. El principio ordenador del universo, el Logos, comenzó a existir en el mundo, en un tiempo y en un lugar.

“El Verbo se hizo carne”. La luz de esta verdad se manifiesta a quien la acoge con fe, porque es un misterio de amor. Sólo los que se abren al amor son cubiertos por la luz de la Navidad. Así fue en la noche de Belén, y así también es hoy. La encarnación del Hijo de Dios es un acontecimiento que ha ocurrido en la historia, pero que al mismo tiempo la supera. En la noche del mundo se enciende una nueva luz, que se deja ver por los ojos sencillos de la fe, del corazón manso y humilde de quien espera al Salvador. Si la verdad fuera sólo una fórmula matemática, en cierto sentido se impondría por sí misma. Pero si la Verdad es Amor, pide la fe, el ‘sí’ de nuestro corazón”

Y, en efecto, ¿qué busca nuestro corazón si no una Verdad que sea Amor? La busca el niño, con sus preguntas tan desarmantes y estimulantes; la busca el joven, necesitado de encontrar el sentido profundo de la propia vida; la busca el hombre y la mujer en su madurez, para orientar y apoyar el compromiso en la familia y en el trabajo; la busca la persona anciana, para dar cumplimiento a la existencia terrenal.

“El Verbo se hizo carne”. El anuncio de la Navidad es también luz para los pueblos, para el camino conjunto de la humanidad. El “Emmanuel”, el Dios-con-nosotros, ha venido como Rey de justicia y de paz. Su Reino -lo sabemos- no es de este mundo, sin embargo, es más importante que todos los reinos de este mundo. Es como la levadura de la humanidad: si faltara, desaparecería la fuerza que lleva adelante el verdadero desarrollo, el impulso a colaborar por el bien común, al servicio desinteresado del prójimo, a la lucha pacífica por la justicia. Creer en el Dios que ha querido compartir nuestra historia es un constante estímulo a comprometerse en ella, incluso entre sus contradicciones. Es motivo de esperanza para todos aquellos cuya dignidad es ofendida y violada, porque Aquel que ha nacido en Belén ha venido a liberar al hombre de la raíz de toda esclavitud.

Que la luz de la Navidad resplandezca de nuevo en aquella Tierra donde Jesús ha nacido e inspire a israelíes y palestinos a buscar una convivencia justa y pacífica. Que el anuncio consolador de la llegada del Emmanuel alivie el dolor y conforte en las pruebas a las queridas comunidades cristianas en Irak y en todo Oriente Medio, dándoles aliento y esperanza para el futuro, y animando a los responsables de las Naciones a una solidaridad efectiva para con ellas. Que se haga esto también en favor de los que todavía sufren por las consecuencias del terremoto devastador y la reciente epidemia de cólera en Haití. Y que tampoco se olvide a los que en Colombia y en Venezuela, como también en Guatemala y Costa Rica, han sido afectados por recientes calamidades naturales.

Que el nacimiento del Salvador abra perspectivas de paz duradera y de auténtico progreso a las poblaciones de Somalia, de Darfur y Costa de Marfil; que promueva la estabilidad política y social en Madagascar; que lleve seguridad y respeto de los derechos humanos en Afganistán y Pakistán; que impulse el diálogo entre Nicaragua y Costa Rica; que favorezca la reconciliación en la Península coreana.

Que la celebración del nacimiento del Redentor refuerce el espíritu de fe, paciencia y fortaleza en los fieles de la Iglesia en la China continental, para que no se desanimen por las limitaciones a su libertad de religión y conciencia y, perseverando en la fidelidad a Cristo y a su Iglesia, mantengan viva la llama de la esperanza. Que el amor del “Dios con nosotros” otorgue perseverancia a todas las comunidades cristianas que sufren discriminación y persecución, e inspire a los líderes políticos y religiosos a comprometerse por el pleno respeto de la libertad religiosa de todos.

Queridos hermanos y hermanas, “el Verbo se hizo carne”, ha venido a habitar entre nosotros, es el Emmanuel, el Dios que se nos ha hecho cercano. Contemplemos juntos este gran misterio de amor, dejémonos iluminar el corazón por la luz que brilla en la gruta de Belén. ¡Feliz Navidad a todos!

La Sagrada Familia, “modelo de vida”


Diciembre 26, 2010

Intervención del Papa Benedicto XVI este domingo, fiesta de la Sagrada Familia, al introducir el rezo del Ángelus con los peregrinos de todo el mundo presentes en la Plaza de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas,

El Evangelio según san Lucas narra que los pastores de Belén, tras haber recibido del ángel el anuncio del nacimiento del Mesías, “fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre” (2,16). Ante los primeros testigos oculares del nacimiento de Jesús se presentó, por tanto, la escena de una familia: madre, padre e hijo recién nacido. Por esto la Liturgia nos hace celebrar, en el primer domingo después de Navidad, la fiesta de la santa Familia. Este año, esta cae precisamente el día después de Navidad, y, prevaleciendo sobre la de san Esteban, nos invita a contemplar este “icono” en el que el pequeño Jesús aparece en el centro del afecto y de la solicitud de sus padres. En la pobre gruta de Belén – escriben los Padres de la Iglesia – resplandece una luz vivísima, reflejo del misterio profundo que envuelve a ese Niño, y que María y José guardan en sus corazones y dejan transparentar en sus miradas, en los gestos, sobre todo en sus silencios. Ellos, de hecho, conservan en lo más íntimo las palabras del anuncio del ángel a María: “Aquel que nacerá será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35).

¡Y sin embargo, el nacimiento de cada niño lleva consigo algo de este misterio! Lo saben bien los padres, que lo reciben como un don y que, a menudo, hablan así de él. A todos nos ha pasado oír decir a un papá y a una mamá: “¡Este niño es un regalo, un milagro!”. En efecto, los seres humanos viven la procreación no como un mero acto reproductivo, sino que perciben su riqueza, intuyen que cada criatura humana que se asoma a la tierra es el “signo” por excelencia del Creador y Padre que está en los cielos. ¡Qué importante es, entonces, que cada niño, al venir al mundo, sea acogido por el calor de una familia! No importan las comodidades exteriores: Jesús nació en un establo y como primera cuna tuvo un pesebre, pero el amor de María y de José le hizo sentir la ternura y la belleza de ser amado. De esto necesitan los niños: del amor del padre y de la madre. Esto es lo que les da seguridad y lo que, al crecer, permite el descubrimiento del sentido de la vida. La santa Familia de Nazaret atravesó muchas pruebas, como esa – recordada en el Evangelio según san Mateo – de la “matanza de los inocentes”, que obligó a José y María a emigrar a Egipto (cfr 2,13-23). Pero, confiando en la divina Providencia, encontraron su estabilidad y aseguraron a Jesús una infancia serena y una educación sólida.

Queridos amigos, la santa Familia es ciertamente singular e irrepetible, pero al mismo tiempo es “modelo de vida” para toda familia, porque Jesús, verdadero hombre, quiso nacer en una familia humana, y haciendo así la bendijo y consagró. Confiemos por tanto a la Virgen y a san José a todas las familias, para que no se desanimen frente a las pruebas y a las dificultades, sino que cultiven siempre el amor conyugal y se dediquen con confianza al servicio de la vida y de la educación.

[Después del Ángelus dijo]

En este tiempo de la Santa Navidad, el deseo y la invocación de la paz se han hecho aún más intensos. Pero nuestro mundo sigue estando marcado por la violencia, especialmente contra los discípulos de Cristo. He sabido con gran tristeza del atentado en una iglesia católica de Filipinas, mientras se celebraban los ritos del día de Navidad, como también del ataque a iglesias cristianas en Nigeria. La tierra se ha manchado una vez más de sangre en otras partes del mundo como en Paquistán. Deseo expresar mis sentidas condolencias por las víctimas de estas absurdas violencias, y repito una vez más el llamamiento a abandonar el camino del odio para encontrar soluciones pacíficas de los conflictos y dar a las queridas poblaciones seguridad y serenidad. En este día en el que celebramos la Santa Familia, que vivió la dramática experiencia de tener que huir a Egipto por la furia homicida de Herodes, recordemos también a todos aquellos – en particular a las familias – que son obligados a abandonar sus propias casas a causa de la guerra, de la violencia y de la intolerancia. Os invito, por tanto, a uniros a mi en la oración para pedir con fuerza al Señor que toque el corazón de los hombres y traiga esperanza, reconciliación y paz.

[En español dijo]

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española que participan en esta oración mariana. En la fiesta de la Sagrada Familia, contemplamos el misterio del Hijo de Dios que vino al mundo rodeado del afecto de María y de José. Invito a las familias cristianas a mirar con confianza el hogar de Nazaret, cuyo ejemplo de vida y comunión nos alienta a afrontar las preocupaciones y necesidades domésticas con profundo amor y recíproca comprensión. A vosotros y a vuestras familias os reitero mi cordial felicitación en estas fiestas de Navidad. Que Dios os bendiga siempre.

Y la respuesta es ¿Por qué no?


Esta serie de videos es fruto del trabajo realizado por estudiantes universitarios con motivo de la JMJ 2011. Los jóvenes que han participado en ellos han analizado los temas más controvertidos que hay ahora mismo en la opinión pública acerca de la Iglesia Católica, para dar una respuesta personal en menos de dos minutos. Aborto, divorcio, eutanasia, relaciones prematrimoniales, homosexualidad, celibato, abusos, sacerdocio femenino, las riquezas de la Iglesa..

Discurso del Papa a los pobres de las misioneras de la Caridad

Diciembre 27, 2011

Discurso pronunciado por el Papa Benedicto XVI durante el almuerzo ofrecido por él, en el Aula Pablo VI a las personas asistidas por las diversas comunidades romanas de las Misioneras de la Caridad, con ocasión del centenario del nacimiento de la beata Teresa de Calcuta.


Queridos amigos,

estoy muy contento de estar hoy aquí con vosotros y dirijo mi más cordial saludo a la reverenda madre general de las Misioneras de la Caridad, a los sacerdotes, a las hermanas, a los hermanos contemplativos y a todos los que estamos aquí presentes para vivir juntos este momento fraterno.

La luz de la Natividad del Señor colma nuestros corazones de la alegría y de la paz anunciada por los ángeles a los pastores de Belén: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él” (Lc 2,14). El niño que vemos en la cueva es Dios mismo que se ha hecho hombre, para mostrarnos cuánto nos quiere, cuánto nos ama: Dios se ha convertido en uno de nosotros, para acercarse a cada uno, para vencer el mal, para liberarnos del pecado, para darnos esperanza, para decirnos que no estamos solos nunca. Nosotros podemos dirigirnos siempre a Él, sin miedo, llamándolo Padre, seguros de que en todo momento, en cada una de las situaciones de la vida, incluso en las más difíciles, Él no nos olvida. Debemos decirnos más a menudo: Sí, Dios me cuida, me quiere, Jesús ha nacido también por mí; debo tener siempre fe en Él.

Queridos hermanos y hermanas, dejemos que la luz del Niño Jesús, del Hijo de Dios hecho hombre, ilumine nuestra vida para transformarla en luz, como vemos de modo especial en la vida de los santos. Recuerdo el testimonio de la beata Teresa de Calcuta, un reflejo de la luz del amor de Dios. Celebrar que hace 100 años que nació es un motivo de agradecimiento y de reflexión hacia un renovado y gozoso empeño al servicio del Señor y de los hermanos, especialmente de los más necesitados. El Señor mismo quería ser necesitado, como sabemos. Queridas hermanas, queridos sacerdotes y hermanos, queridos amigos del personal, la caridad es la fuerza que cambia el mundo, porque Dios es amor (cfr 1Jn 4,7-9). La beata Teresa de Calcuta ha vivido la caridad hacia los demás sin distinciones, pero prefiriendo a los más pobres y abandonados: signo luminoso de la paternidad y de la bondad de Dios. Ha sabido reconocer en cada uno el rostro de Cristo, amado por ella con todo su ser: al Cristo que ella adoraba y recibía en la Eucaristía, lo encontraba por las calles de la ciudad, convirtiéndose en una imagen viva de Jesús que vierte sobre las heridas del hombre la gracia del amor misericordioso. A quien se pregunta por qué la madre Teresa se convirtió en alguien tan famoso, la respuesta es simple: porque ha vivido de manera humilde y oculta, por amor y en el amor de Dios. Ella misma afirmaba que su gran premio era amar a Jesús y servirlo en los pobres. Su figura pequeña, con las manos unidas o mientras acariciaba a un enfermo, un leproso, un moribundo, un niño, es el signo visible de un existencia transformada por Dios. En la noche del dolor humano ha hecho resplandecer la luz del Amor divino y ha ayudado a muchos corazones a encontrar la paz que sólo Dios puede dar.

Demos gracias a Dios, porque en la beata Teresa de Calcuta todos hemos visto como nuestra existencia puede cambiar cuando se encuentra con Jesús; Puede convertirse, para los demás, en reflejo de la luz de Dios.

A muchos hombres y mujeres en situación de miseria y sufrimiento, ella ha dado consuelo y la certeza de que ¡Dios no abandona a nadie, nunca!. Su misión continúa a través de aquellos, que como en otras partes del mundo, viven el carisma de ser misioneros y misioneras de la Caridad.

Nuestra gratitud es grande, queridos hermanas y hermanos, por vuestra presencia humilde, discreta, oculta a los ojos de los hombres, pero extraordinaria y preciosa para el corazón de Dios. Al hombre, a menudo en busca de una felicidad aparente, vuestro testimonio de vida le dice dónde se encuentra la verdadera felicidad: en el compartir, en el donarse, en el amar con la misma gratuidad de Dios que rompe la lógica del egoísmo humano.

¡Queridos amigos! Sabed que el Papa os quiere mucho, os lleva en el corazón, os acoge a todos en un abrazo paterno y reza por vosotros. ¡Muchas felicidades! Gracias por haber querido compartir la alegría de estos días de fiesta. Invoco la protección materna de la Sagrada Familia de Nazaret que celebramos hoy -Jesús, María y José- y os bendigo a vosotros y a vuestros seres queridos.

Homilía del Papa durante las Vísperas de Acción de Gracias de fin de año

Diciembre 31, 2011

Homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció ayer 31 de diciembre durante las primeras Vísperas de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios y de Acción de Gracias por el fin del año civil, en la Basílica de San Pedro.

¡Queridos hermanos y hermanas!

En el fin del año, nos encontramos esta tarde en la Basílica Vaticana para celebrar las primeras vísperas de la solemnidad de María Santísima Madre de Dios y para elevar un himno de gracias al Señor por las innumerables gracias que nos ha dado, pero además y sobre todo por la Gracia en persona, es decir por el Don viviente y personal del Padre, que es su Hijo predilecto, nuestro Señor Jesucristo. Precisamente esta gratitud por los dones recibidos de Dios en el tiempo que se nos ha concedido vivir, nos ayuda a descubrir un gran valor inscrito en el tiempo: marcado en sus ritmos anuales, mensuales, semanales y diarios, está habitado por el amor de Dios, por sus dones de gracia; es tiempo de salvación. Sí, el Dios eterno entró y permanece en el tiempo del hombre. Entró en él y permanece en él con la persona de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, el Salvador del mundo. Es cuanto nos ha recordado el apóstol Pablo en la lectura breve poco antes proclamada: “Pero cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo … para hacernos hijos adoptivos” (Gal 4,4-5).

Por tanto, el Eterno entra en el tiempo y lo renueva de raíz, liberando al hombre del pecado y haciéndolo hijo de Dios. Ya ‘al principio’, o sea, con la creación del mundo y del hombre en el mundo, la eternidad de Dios hizo surgir el tiempo, en el que transcurre la historia humana, de generación en generación. Ahora, con la venida de Cristo y con su redención, estamos “en la plenitud” del tiempo. Como revela san Pablo, con Jesús el tiempo se hace pleno, llega a su cumplimiento, adquiriendo ese significado de salvación y de gracia por el que fue querido por Dios antes de la creación del mundo. La Navidad nos remite a esta ‘plenitud’ del tiempo, es decir, a la salvación renovadora traída por Jesús a todos los hombres. Nos la recuerda y, misteriosa pero realmente, nos la da siempre de nuevo. Nuestro tiempo humano está lleno de males, de sufrimientos, de dramas de todo tipo – desde los provocados por la maldad de los hombres hasta los derivados de las catástrofes naturales –, pero encierra ya, y de forma definitiva e imborrable la novedad gozosa y liberadora de Cristo salvador. Precisamente en el Niño de Belén podemos contemplar de modo particularmente luminoso y elocuente el encuentro de la eternidad con el tiempo, como le gusta expresar a la liturgia de la Iglesia. La Navidad nos hace volver a encontrar a Dios en la carne humilde y débil de un niño. ¿No hay aquí quizás una invitación a reencontrar la presencia de Dios y de su amor que da la salvación también en las horas breves y agotadoras de nuestra vida cotidiana? ¿No es quizás una invitación a descubrir que en nuestro tiempo humano – también en los momentos difíciles y duros – está enriquecido incesantemente por las gracias del Señor, es más, por la Gracia que es el Señor mismo?

Al final de este año 2010, antes de entregar los días y las horas a Dios y a su juicio justo y misericordioso, siento muy vivo en el corazón la necesidad de elevar nuestro “gracias” a Él y a su amor por nosotros. En este clima de agradecimiento, deseo dirigir un saludo particular al cardenal vicario, a los obispos auxiliares, a los sacerdotes, a las personas consagradas, como también a los muchos fieles laicos aquí reunidos. Saludo al señor Alcalde y a las Autoridades presentes. Un recuerdo especial va a cuantos están en dificultad y transcurren estos días de fiesta entre problemas y sufrimientos. A todos y a cada uno aseguro mi pensamiento afectuoso, que acompaño con la oración.

Queridos hermanos y hermanas, nuestra Iglesia de Roma está empeñada en ayudar a todos los bautizados a vivir fielmente la vocación que han recibido y a dar testimonio de la belleza de la fe. Para poder ser auténticos discípulos de Cristo, una ayuda esencial nos viene de la meditación cotidiana de la Palabra de Dios que, como escribí en la reciente Exhortación apostólica Verbum Domini, “está en la base de toda auténtica espiritualidad cristiana” (n. 86). Por esto deseo animar a todos a cultivar una intensa relación con ella, en particular a través de la lectio divina, para tener esa luz necesaria para discernir los signos de Dios en el tiempo presente y a proclamar eficazmente el Evangelio. También en Roma, de hecho, hay cada vez más necesidad de un renovado anuncio del Evangelio, para que los corazones de los habitantes de nuestra ciudad se abran al encuentro con ese Niño, que nació por nosotros, con Cristo, Redentor del mundo. Pues, como recuerda el Apóstol Pablo, “la fe, por lo tanto, nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo” (Rm 10,17), una ayuda útil en esta acción evangelizadora puede venir – como ya se experimentó durante la Misión Ciudadana de preparación al Gran Jubileo del año 2000 – por los “Centros de escucha del Evangelio”, que animo a hacer renacer o a revitalizar no sólo en las casas, sino también en los hospitales, en los lugares de trabajo y en aquellos donde se forman las nuevas generaciones y se elabora la cultura. El Verbo de Dios, de hecho, se hizo carne por todos y su verdad es accesible a todo hombre y a toda cultura. He sabido con agrado del ulterior empeño del Vicariato en la organización de los “Diálogos en la Catedral”, que tendrán lugar en la Basílica de San Juan de Letrán: estas significativas citas expresan el deseo de la Iglesia de encontrar a todos aquellos que están buscando respuestas a las grandes preguntas de la existencia humana.

El lugar privilegiado de la escucha de la Palabra de Dios es la celebración de la Eucaristía. El Congreso diocesano del pasado junio, en el que participé, quiso poner de manifiesto la centralidad de la Santa Misa dominical en la vida de cada comunidad cristiana y ofreció indicaciones para que la belleza de los divinos misterios pueda resplandecer mayormente en el acto celebrativo y en los frutos espirituales que derivan de él. Animo a los párrocos y a los sacerdotes a llevar a cabo lo indicado en el programa pastoral: la formación de un grupo litúrgico que anime la celebración, y una catequesis que ayude a todos a conocer más el misterio eucarístico, del que brota el testimonio de la caridad. Nutridos por Cristo, también nosotros somos atraídos en el mismo acto de ofrecimiento total, que empujó al Señor a dar su propia vida, revelando de ese modo el inmenso amor del Padre. El testimonio de la caridad posee, por tanto, una esencial dimensión teologal y está profundamente unida al anuncio de la Palabra. En esta celebración de acción de gracias a Dios por los dones recibidos en el curso del año, recuerdo en particular la visita que realicé al hostal de Caritas en la Estación Termini donde, a través del servicio y de la dedicación generosa de numerosos voluntarios, tantos hombres y mujeres pueden tocar con la mano el amor de Dios. El momento presente genera aún preocupación por la precariedad en la que se encuentran tantas familias y pide a toda la comunidad diocesana que esté cerca de aquellos que viven en condiciones de pobreza y dificultad. Que Dios, amor infinito, inflame los corazones de cada uno de nosotros con esa caridad que lo empujó a entregarnos a su Hijo unigénito.

Queridos hermanos y hermanas, somos invitados a mirar al futuro, y a mirarlo con esa esperanza que es la palabra final del Te Deum: “In te, Domine, speravi: non confundar in aeternum! – Señor, Tu eres nuestra esperanza, no seremos confundidos eternamente”. Quien nos entrega a Cristo, nuestra Esperanza, es siempre ella, la Madre de Dios: María santísima. Como antes a los pastores y a los magos, sus brazos y aún más su corazón siguen ofreciendo al mundo a Jesús, su Hijo y nuestro Salvador. En Él está toda nuestra esperanza, porque de Él han venido para todo hombre la salvación y la paz. ¡Amen!

Benedicto XVI: donde Dios desaparece, el hombre cae en la esclavitud

El Papa Benedicto XVI afirmó hoy que cuando Dios desaparece del horizonte del hombre, éste cae en la esclavitud, “como han demostrado los regímenes totalitarios, con su esclavitud de idolatrías”.

Benedicto XVI dice que donde Dios desaparece, el hombre cae en la esclavitud

15 Junio 11 – Ciudad del Vaticano – Efe

El pontífice hizo esta manifestación ante más de 30.000 personas que asistieron en la plaza de San Pedro del Vaticano a la audiencia pública de los miércoles, cuya catequesis dedicó a la figura de Elías, en el siglo IX antes de Cristo, cuando Israel cedía a la seducción de la idolatría y el profeta le obligó a elegir entre Dios y el ídolo Baal.

Benedicto XVI aseguró que también hoy, 3.000 años después, cuando el hombre se aleja de Dios se convierte en un esclavo.

“Donde desaparece Dios, el hombre cae en la esclavitud de las idolatrías, como han mostrado en nuestros tiempos los regímenes totalitarios con su esclavitud idólatra, y como muestran las numerosas formas de nihilismo, que hacen al hombre dependiente de ídolos e idolatrías y lo esclavizan”, afirmó el Papa.

Añadió que la adoración del ídolo, en vez de abrir el corazón humano a los demás, a una relación que permita “salir del espacio angosto del propio egoísmo para acceder al dono recíproco”, cierra a las personas “en el cerco exclusivo y desesperante de la búsqueda de sí mismos”.

El Papa agregó que el “engaño” es tal que adorando al ídolo, el hombre se ve obligado a acciones extremas, “creyendo que lo subordina a su voluntad”.

Benedicto XVI señaló que ante el Absoluto, Dios, el creyente debe responder con un amor absoluto, total, que comprometa toda su vida, sus fuerzas y su corazón.

A la audiencia asistieron fieles procedentes de España, Argentina, México y otros países latinoamericanos, a los que el pontífice exhortó, hablando en español, a ser “auténticos mediadores” ante los otros hombres para indicarles el camino de la fe “del único Dios, que quiere revelarse a todos los hombres para convertirlos y llevarlos a la salvación”.

Discurso del Papa al nuevo embajador de Hungría ante la Santa Sede

Diciembre 2, 2010

Discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió hoy al nuevo embajador de Hungría ante la Santa Sede, Gábor Győriványi, al presentarle éste sus Cartas Credenciales.

Señor Embajador,

Con alegría le doy la bienvenida en esta solemne ocasión de la entrega de las Cartas Credenciales que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Hungría ante la Santa Sede, y le doy las gracias por sus amables palabras. Estoy agradecido por los deferentes saludos que me ha presentado en nombre del señor Presidente, Dr. Pál Schmitt y del Gobierno, y que devuelvo de buen grado. Al mismo tiempo quisiera pedirle que asegure a sus connacionales mi sincero afecto y mi benevolencia.

Tras la reanudación de las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y la República de Hungría en 1990, se ha podido desarrollar nueva confianza para un diálogo activo y constructivo con la Iglesia católica. Nutro al mismo tiempo la esperanza de que las profundas heridas de esa visión materialista del hombre, que se había apoderado de los corazones y de la comunidad de los ciudadanos de su país durante casi 45 años, puedan seguir curando en un clima de paz, de libertad y respeto de la dignidad del hombre.

La fe católica forma sin duda parte de los pilares fundamentales de la historia de Hungría. Cuando, en el lejano año 1000, el joven príncipe húngaro Esteban recibió la corona real que le envió el papa Silvestre II, a ella se le unía el mandato de dar a la fe en Jesucristo espacio y patria en aquella tierra. La piedad personal, el sentido de justicia y las virtudes humanas de este gran rey son un alto punto de referencia que sirve de estímulo e imperativo, hoy como entonces, a cuantos se ha confiado un cargo de gobierno u otra responsabilidad análoga. Ciertamente no se espera que el Estado que imponga una determinada religión; éste debería más bien garantizar la libertad de confesar y practicar la fe. Con todo, política y fe cristiana se tocan. Por supuesto la fe tiene su naturaleza específica como encuentro con el Dios vivo que nos abre nuevos horizontes más allá del ámbito propio de la razón. Pero al mismo tiempo ésta es una fuerza purificadora para la razón misma, permitiéndole llevar a cabo de la mejor forma su tarea y de ver mejor lo que le es propio. No se trata de imponer normas o modos de comportamiento a quienes no comparten la fe. Se trata sencillamente de la purificación de la razón, que quiere ayudar a hacer que lo que es bueno y justo pueda, aquí y ahora, ser reconocido y después también realizado (cfr. Encíclica Deus caritas est, 28).

En los últimos años, poco más de veinte, desde la caída de la cortina de hierro, acontecimiento en el que Hungría tuvo un papel relevante, su país ha ocupado un lugar importante en la comunidad de los pueblos. Desde hace ya seis años Hungría es también miembro de la Unión Europea. Con ello aporta una contribución importante al coro de más voces de los Estados de Europa. Al inicio del año próximo tocará a Hungría, por primera vez, asumir la Presidencia del Consejo de la Unión Europea. Hungría está llamada de modo particular a ser mediadora entre Oriente y Occidente. Ya la Sagrada Corona, herencia del rey Esteban, en la unión de la corona graeca circular con la corona latina colocada en arco sobre ella – ambas llevan el rostro de Cristo y están coronadas por la cruz – muestra cómo Oriente y Occidente deberían apoyarse mutuamente y enriquecerse uno a otro a partir del patrimonio espiritual y cultural y de la viva profesión de fe. Podemos entender esto también como un leitmotiv para su país.

La Santa Sede toma nota con interés de los esfuerzos de las autoridades políticas de elaborar un cambio en la Constitución. Se ha expresado la intención de querer hacer referencia, en el preámbulo, a la herencia del Cristianismo. Es también deseable que la nueva Constitución esté inspirada por los valores cristianos, de modo particular en lo que concierne a la posición del matrimonio y de la familia en la sociedad y la protección de la vida.

El matrimonio y la familia constituyen un fundamento decisivo para un sano desarrollo de la sociedad civil, de los países y de los pueblos. El matrimonio como forma de ordenamiento básico de la relación entre hombre y mujer y, al mismo tiempo, como célula fundacional de la comunidad estatal, ha ido plasmándose también a partir de la fe bíblica. De esta forma, el matrimonio ha dado a Europa su particular aspecto y su humanismo, también y precisamente porque ha debido aprender u conseguir continuamente la característica de fidelidad y de renuncia trazada por él. Europa ya no sería Europa si esta célula básica de la construcción social desapareciese o fuese sustancialmente transformada. Sabemos todos cuánto riesgo corren el matrimonio y la familia hoy – por un lado por la erosión de sus valores más íntimos de estabilidad e indisolubilidad, a causa d una creciente liberalización del derecho de divorcio y de la costumbre, cada vez más difundida, de la convivencia de hombre y mujer sin la forma jurídica y la protección del matrimonio, por otro lado, por los diversos tipos de unión que no tienen ningún fundamento en la historia de la cultura y del derecho en Europa. La Iglesia no puede aprobar iniciativas legislativas que impliquen una valoración de modelos alternativos de la vida de pareja y de la familia. Estos contribuyen al debilitamiento de los principios del derecho natural y así a la relativización de toda la legislación, además de la conciencia de los valores en la sociedad.

“La sociedad cada vez más globalizada nos hace cercanos, pero no nos hace hermanos” (Encíclica Caritas in veritate, 19). La razón es capaz de garantizar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica, pero no logra, al final, fundar la fraternidad. Esto tiene origen en una vocación sobrenatural de Dios, el cual creó a los hombres por amor y nos enseñó por medio de Jesucristo lo que es la caridad fraterna. La fraternidad es, en un cierto sentido, el otro lado de la libertad y de la igualdad. Esta abre al hombre al altruismo, al sentido cívico, a la atención hacia el otro. La persona humana, de hecho, se encuentra a si misma sólo cuando supera la mentalidad centrada en sus propias pretensiones y se proyecta en la actitud del don gratuito y de la solidaridad auténtica, que responde mucho mejor a su vocación comunitaria.

La Iglesia católica, como las demás comunidades religiosas, tiene un papel no insignificante en la sociedad húngara. Esta se compromete a gran escala con sus instituciones en el campo de la educación escolar y de la cultura, además de la asistencia social y de este modo contribuye a la construcción moral, verdaderamente útil a su país. La Iglesia confía en poder continuar, con el apoyo del Estado, a llevar a cabo e intensificar este servicio por el bien de los hombres y el desarrollo de su país. Que la colaboración entre Estado e Iglesia católica en este campo crezca también en el futuro y traiga provecho para todos.

Ilustre señor Embajador, al inicio de su noble tarea le aseguro una misión llena de éxito, y le aseguro al mismo tiempo el sostén y apoyo de mis colaboradores. Que María Santísima, la Magna Domina Hungarorum, extienda su propia mano protectora sobre su país. De corazón imploro para usted, señor Embajador, para su familia y para sus colaboradores y colaboradoras en la Embajada y para todo el pueblo húngaro la abundante bendición divina.

La Iglesia no está en contra de nadie


Esta serie de videos es fruto del trabajo realizado por estudiantes universitarios con motivo de la JMJ 2011. Los jóvenes que han participado en ellos han analizado los temas más controvertidos que hay ahora mismo en la opinión pública acerca de la Iglesia Católica, para dar una respuesta personal en menos de dos minutos. Aborto, divorcio, eutanasia, relaciones prematrimoniales, homosexualidad, celibato, abusos, sacerdocio femenino, las riquezas de la Iglesa…